'Senderos de gloria' (1957)

‘Senderos de gloria’, la idiotez del patriotismo

Cuenta la leyenda que Kirk Douglas le dijo a Stanley Kubrick que Senderos de gloria no iba a ganar ni un centavo, pero que estaba obligado a rodarla igualmente porque el material era demasiado bueno como para malgastarlo. A decir verdad, la RKO y la Paramount ya habían mostrado interés en adaptar la novela de Humphrey Cobb, pero se habían echado atrás porque pensaban que el mensaje contra los ideales patrióticos y la denuncia de la futilidad de las guerras encontraría pocos apoyos entre el público; no digamos ya entre los gobiernos. Así que la financiación de la película se realizó a través de Bryna Productions, la productora de Douglas, más las aportaciones de James B. Harris y Stanley Kubrick.

Suena La Marsellesa en los créditos iniciales de Senderos de gloria, pero la marcha triunfal descarrila en la última nota como antesala de lo que nos espera: una crítica feroz al patriotismo, concepto que el poeta Samuel Johnson definió como «el último refugio de los canallas». Las guerras son tableros de ajedrez sangrientos, y si es necesario las piezas nobles sacrificarán a los peones no ya por conseguir la victoria, sino por «el suyo beneficio político», que diría Rajoy. Es interesante cómo el guion gira en torno a la deshumanización de la persona en pos de un objetivo tan intangible como la gloria, y cómo la corrupción de los altos mandos del ejército desencadena la puesta en marcha de una misión suicida durante la Primera Guerra Mundial.

Muchos directores habrían sabido transmitir este mensaje humanista de forma más o menos convincente; pero muy pocos, o ninguno, lo habrían hecho con una puesta en escena como la de Kubrick. Senderos de gloria es una muestra más de su precisión milimétrica para los encuadres, de su cuidadoso estudio de la simetría, de su obsesión por la exactitud estética. Pero Kubrick no era matemático —que yo sepa—, sino director de cine. Y su mérito radica en que esta enorme preocupación por la manera de rodar cada secuencia tenía una intencionalidad. Quería transmitir con las imágenes.

De cada escena se podría hacer un análisis de varios párrafos. Hay que abrir bien los ojos desde el primer diálogo entre los generales Broulard y Mireau (Adolphe Menjou y George Macready), pues los movimientos de cámara, en apariencia suaves, subrayan la tensión reinante entre dos personajes que se persiguen por la estancia mientras esquivan puñales invisibles. Kubrick repite esta técnica minutos después, cuando el general Mireau acude al puesto del coronel Dax (Kirk Douglas) para convencerlo de que envíe a sus hombres a conquistar El Hormiguero alemán. Además, Kubrick tira aquí de planos picados, triangulares, con los que enfatiza la tensión y simboliza la rigidez y la jerarquía del ejército.

Los tres fusilados

Las escenas protagonizadas por los tres condenados a muerte (Timothy Carey, Ralph Meeker y Joe Turkel) asombran también por su perfección y simbolismo. La increíble geometría espacial del consejo de guerra y la posterior ejecución transmiten la frialdad de la injusticia que se cierne y ante la que nada podrán hacer los reos, por mucho que rueguen clemencia, ni el coronel Dax con sus vehementes discursos. El único paréntesis de esperanza llega cuando los condenados aguardan la muerte en las mazmorras: una hermosa composición en la que Kubrick se sirve de su director de fotografía, Georg Krause, para intensificar la luz que entra por la ventana y conferir una atmósfera mística que despoja a los personajes de cualquier atisbo de culpa.

Ahora bien, la joya indiscutible de Senderos de gloria es la escena del asalto suicida al Hormiguero. Muy atentos a cómo la cámara intenta no perder de vista la figura del coronel Dax: somos un soldado más, confiamos en él para liderar el asalto, no nos fallará. Así sucede en la propia trinchera, con ese majestuoso travelling frontal que le rinde honor y pleitesía, y así es durante el penoso avance por tierra de nadie, donde el travelling se torna lateral y la cámara lucha por aferrarse al traje del coronel. El terror reside en la invisibilidad del enemigo y en la textura de la fotografía, que adquiere un cariz documental.

Quien quiera hallar en Senderos de gloria una película de denuncia y un pequeño ensayo sobre el orgullo, el deber y la traición, disfrutará de ella; quien destaque su mensaje humanista, recalcando ese agridulce final en la cantina, también. Pero reducirla a eso sin tener en cuenta su tremendo poderío visual sería injusto. Kubrick rodó una obra de arte de otra dimensión, quizá la mejor de su carrera, con un Kirk Douglas entregado a la causa como de costumbre.

Y tenía razón Douglas: la película no fue rentable. Pero alguien tenía que rodarla para hacernos recordar de vez en cuando que los senderos de la gloria no conducen sino a la tumba.

Autor

Víctor Guerrero

(23 Posts)

Periodista, cinéfilo e hincha del Athletic Club.

Deja una respuesta

Tu dirección de e-mail no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *